Oasis antes de la pesadilla americana

Culiacán,Sin.- “A veces tengo hasta 30 gentes aquí y todos nos llevamos bien”, dijo Guadalupe mientras se acomodaba en una silla vieja de madera. La vida ha sido algo injusta para ella; cuenta con dolorosa nostalgia que trabajó durante 24 años para Ferrocarriles de México, como asistente en las entregas y revisiones de obras. Con ese trabajo sacó adelante a sus seis hijos y vivía de forma relativamente cómoda, claro las carencias existían, pero nada que no se pudiera resolver.

Su tiempo en la empresa acabó así como su estabilidad, como muchos más; nunca recibió liquidación, ni pensión de ningún tipo por sus años de servicio y lo único que consiguió fue una casa a modo de préstamo frente a las vías del ferrocarril. La vida de Guadalupe empezó a cambiar drásticamente, sus hijos se fueron; uno para Los Ángeles, otro para Los Cabos, dos más para la Ciudad de México y solo dos se quedaron en Culiacán, pero como ella dice entre lágrimas amargas: “esos cabrones nomás crecen y se olvidan que tienen madre”.

Ahora y desde hace 19 años, Guadalupe recibe en su hogar, junto a las vías, a los migrantes que detienen unos días su sueño de llegar lo más al norte posible, lo más lejos de su despiadada tierra. Los casos que recibe son por mucho impactantes y dolorosos; en una ocasión los golpes en la puerta la despertaron a las tres de la madrugada, pues llegó una muchacha de algunos 22 años que venía arriba de “La Bestia”, pero tuvieron que bajar porque estaba a punto de “parir” (dar a luz). Con sus limitados recursos y pocas fuerzas, Guadalupe hizo de partera y ahí, en esa estación olvidada entre vías chirriantes y personas sin patria, nació Lupita, una hermosa niña de sangre salvadoreña.

La casa de una sola planta de no más de 10 metros cuadrados es un santuario para los migrantes. No hay condiciones para estar ahí, Guadalupe los arropa con todo ese amor que se quedó huérfano con la partida de sus hijos. “Yo trato de no tomarles cariño a estos canijos, pero aquí comemos juntos y hasta por un mes… Yo sufro mucho cuando se van, ya me cansé de llorar”, comentó, la matriarca de la casa.

En el techo y entre los árboles, los huéspedes buscan su propio espacio, en las mañanas salen a trabajar o buscar algo para que Guadalupe les cocine. Se trata de un acuerdo implícito de cooperación y respeto, lo que Guadalupe dice, se hace y la convivencia es de lo más armoniosa, como una efímera familia que jamás se volverá a ver. A veces comen arroz, a veces frijoles con tortillas, sopa de verduras cuando hay buena colecta o solo galletas con refresco si no hubo suerte en la calle. Guadalupe cuenta con divertido enojo que cuando hubo una “oleada” de haitianos pasando por allí, recibió a todos los que podía y en una ocasión atraparon a sus mascotas y se las comieron: dos grandes iguanas verdes. “Esos canijos cocinaron a mis iguanas, y todavía me comí un plato de caldo, ¿Qué más quedaba?”

Lo más difícil para “la jefita” como le dicen sus huéspedes, es cuando las personas se caen del tren, llegan con fracturas y heridas muy graves que ella no puede atender y mucho menos cuenta con los recursos para trasladarlos a un hospital. “A veces me llegan muchachitos con las costillas rotas o todos raspados y pues aquí se quedan unos meses hasta que pueden seguirle”, comentó.

Ella sabe que están buscando mejores oportunidades en “el otro lado” pero el camino es muy peligroso, muchos no alcanzan a llegar e incluso pierden mucho para que al llegar sean deportados o asesinados, Guadalupe vive satisfecha por darles un respiro en su hogar, algo de alimento y cariño para que continúen su viaje con una bendición y puedan lograr su cometido de una mejor vida.

En su limitada comprensión de los hechos políticos que afectan la migración, “la jefita” hace una incisiva crítica al presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, por su posición de detener y deportar migrantes en lugar de apoyarlos con empleo y ciertas oportunidades de progresar “esta gente viene a trabajar, no viene a robar, tienen familia que mantener y aquí solo se encuentran con maltratos y malas caras”, dijo.

Con sus setenta y tantos años a cuestas, Guadalupe sigue recibiendo a esos huérfanos sin patria pero con muchos sueños, ofreciéndoles por unos días una familia y un plato de comida caliente, es el pequeño oasis en Culiacán antes de seguir su camino al norte.
JESUSVERDUGO/OEM-INFORMEX

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