Crónicas de Ambulancia; Llévatelo o te mueres junto con él…

CULIACÁN.- Federico siempre fue bien aventando, desde morrito andaba de metiche en los pleitos de la cuadra y donde había lesionados, recuerda que una vez vio un accidente donde dos carros chocaron de frente y él con apenas 14 años se metió a ver en que podía ayudar. “No te muevas, ya viene la ambulancia” les decía a los heridos y ellos hasta caso le hacían. Dos años después y brincándose la autoridad de su madre, entró a Cruz Roja, en aquellos tiempos era todo diferente de hoy, la institución era semi-militarizada y los protocolos de seguridad eran escasos o nulos.

“Fede”, como le dicen sus amigos, cuenta que su mamá le escondía sus uniformes con tal de que no fuera a los cursos, pues ella tenía miedo que algo le pasara por “atrabancado”. Una vez hasta le quemó su playera pero no fue suficiente y Fede se certificó como socorrista a los 18 años. Su madre se rindió y hasta raite le daba para que fuera a sus guardias allá en Guasave.

Ahora ya con 25 años en Cruz Roja, Fede platica todavía sin contener el temblor de labios y manos el servicio que marcó sus tempranos 20 años y le motivó a seguir con su honorable trabajo de servir a la benemérita institución.

Era de noche y él estaba acostado ya, le suena el radio y sabe que es trabajo. “Fede, alístate, te ocupamos para una volcadura y nomás está tu ambulancia”, le dijeron. En ese tiempo cada ambulancia tenía asignado un operador y la que estaba en guardia ya iba a otro servicio. Fede se alista y como vivía cerca de la subdelegación, en tres minutos ya está ahí.

Como no ve otro socorrista, Fede se va solo, y en menos de cinco minutos ya está en el lugar del accidente; una camioneta tipo pickup volcada en la curva antes de llegar a León Fonseca con una persona que salió “disparada” por la ventana, a primera vista y con su corta pero suficiente experiencia, Fede se percata de que la camioneta aplastó al chofer al dar las volteretas…, una tragedia. Para ese momento ya había muchas personas alrededor del accidente y el paramédico toma el control de la situación; ordena que no muevan al herido y comienza con los ciclos de reanimación y auscultación, en una segunda revisión concluye en que sufrió fractura de cervicales y no hay mucho que hacer por el joven; había muerto.

Federico estaba en cuclillas recogiendo sus utensilios de trabajo cuando sintió un golpe agudo en la cabeza; un sujeto de sombrero y alrededor de 50 años de pie junto a él le pegó en la cabeza el cañón de una escuadra brillante y amenazante.
“Llévatelo, hijo de tu perra madre, o te vas a quedar con él, muerto”.

El paramédico sintió el duro golpe hasta la planta de los pies y lo único que atajaba a decir era que no podía hacer más por él, que ya había fallecido. Sintió cómo se enterraba más en su cabeza el cañón del arma cuando aparecen de la curva unas camionetas del Ministerio Público junto a los servicios forenses, alguien los llamó y eso le salvó la vida.

El hombre que lo estaba amenazando se guarda el arma en la cintura y con una mueca le sugiere a Fede que no diga nada sobre lo ocurrido. Un oficial del MP se acerca al paramédico para obtener el informe del hecho, intercambian unas palabras y Fede se retira unos metros de ahí. Voltea y ve cómo el sujeto armado empieza a llorar y golpear la camioneta en clara impotencia y dolor. Detrás de Fede una señora comienza a murmurar algo “es que es el papá del muchacho, estaban discutiendo y el plebe salió enojado en la camioneta y pues se mató”, decían los susurros tras él.

Federico entendió, la culpa estaba carcomiendo al padre y aunque no justificaba su amenaza, comprendió el dolor que puede sentir. Federico se va a su ambulancia con pasos cortos y errantes, su mandíbula apretada y ojos fijos en la nada, se sube y por el radio anuncia una clave que avisa que necesita apoyo urgente; conduce unos metros y se orilla, sus manos no responden y las lágrimas se le escapan de sus ojos sin querer. La unidad de apoyo llega y su compañero le pregunta, qué tiene, qué le pasó, Fede solo le dice que conduzca él, el socorrista de apoyo vuelve a preguntar dos veces más y Fede en claro desespero le grita “maneja ya, vámonos de aquí”.

Casi llegando a la subestación Federico comienza a llorar y cuenta lo ocurrido a sus compañeros que no saben que decir y solo se miran entre ellos y asienten. En ese tiempo la Cruz Roja no contaba con servicio de ayuda psicológica para sus elementos, Federico se tragó esa impotencia y miedo a golpe de bromas y pláticas nocturnas con amigos. Todavía, 20 años después con dos hijos pequeños en casa, Federico comprende el dolor y culpa de ese padre y también sabe que ese pudo ser el final, que ahí pudo quedarse con ese joven junto a la camioneta volcada.


(Jesús Verdugo/ElSol de Sinaloa)

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