No era un servicio más…

CULIACÁN.- El reloj de la delegación rondaba ya la línea de las nueve de la noche y Guadalupe jugueteaba con la idea de salir de su turno sin ningún inconveniente pero el radio-operador le arrancó ese sueño imposible. Llamaron para informarle sobre un servicio para el rumbo de Las Quintas; un paciente inconsciente y nada más. Ella y su compañero se equiparon en menos de cuatro minutos y salieron sin mayor sobresalto, era un servicio más.

Cuando apenas estaba abrochando el cinturón de su asiento en la ambulancia, el celular de Guadalupe comenzó a vibrar; algo inusual pues todos sus conocidos saben que ella no contesta mientras está en guardia. El celular vibra y vibra, la mujer paramédico lo ignora, no sin una pizca de curiosidad y ansiedad. Ahora su celular suena; alguien le llama y no le queda más que contestar. “¿Dónde andas?” le preguntaron sin más, era Santiago, un compañero rescatista de la delegación y de uno de sus mejores amigos desde hace varios años. Guadalupe le contesta que va hacia un servicio para el rumbo de Las Quintas, el joven al otro lado del celular con claro sobresalto y desesperación le dice: “Es mi abuela, te la encargo… que no se muera”.

Aunque Guadalupe tiene cerca de seis años al servicio de la Cruz Roja como Técnico en Urgencias Médicas (TUM) y ha visto la mayoría de escenarios trágicos y angustiantes posibles; desde ver la muerte auspiciada por la negligencia e irresponsabilidad como luchar contra el tiempo para reanimar a un niño que había caído a una alberca sin saber nadar, hasta presenciar hechos violentos similares a enfrentamientos en zonas de conflicto bélico pero en territorio “Culichi”. Con toda esa experiencia y control, ella no supo cómo reaccionar ante tal responsabilidad y compromiso. Es su mejor amigo y esas palabras llenas de desesperación le encarnaron la posible tragedia en su interior.

Cuando arribaron al lugar de donde vino el llamado de auxilio, Guadalupe reconoció a las personas ahí; la madre de Santiago, sus tías y hermanas. Ella cruzo sin saludar y se fue directamente a dónde estaba la paciente y una mujer le indica que pase al cuarto. Justo al ver el cuerpo de la anciana tendido en la cama, Guadalupe entendió que no solo estaba inconsciente.

Empezó con la toma de signos vitales…, nulos, nada. Y como una descarga de adrenalina comenzó con los trabajos de reanimación sin resultados, continuaba; pero ya no había nada que hacer. La madre de Santiago llorando a sus espaldas le decía: “¿Lupita, dime qué le pasa a mi mamá”? Sintió pesadez en el estómago cuando escuchó su nombre envuelto en llantos de alguien a quien le tenía mucho cariño, la madre de Santiago era como familia pues incontables ocasiones compartieron la mesa y momentos que en ese instante estaban sobre su espalda en forma de culpa; había llegado tarde.

Ella y su compañero se vieron entre pena y culpa, la madre de Santiago estaba en un llanto inconsolable por ver a la matriarca del hogar tendida en su cama. Durante los trabajos de auscultación y RCP el celular de Guadalupe sonaba incipiente, y eso aumentaba más la presión para la mujer paramédico que lidiaba con la decisión de darle la noticia a Santiago o dejar que su familia se encargue de la difícil noticia. Al salir del cuarto los familiares de la recién fallecida acompañaron a Guadalupe y con un sincero agradecimiento en nombre de Santiago que en esos momentos venía en camino de Altata, la despidieron.

En la ambulancia el celular dejó de arremeter con su incesante vibrar, Guadalupe tomó fuerzas y le llamo a Santiago “Santi…” el joven la interrumpió calmadamente “ya me hablaron, Lupita, muchas gracias por tu esfuerzo” colgó. La mujer paramédico no identificaba sus sentimientos; culpa tal vez, hasta ahora no lo sabe aún. Días después se encontró en la delegación a Santiago, él sin más palabras le dio un profundo abrazo con lágrimas cayendo en sus mejillas “Se que hiciste todo lo que pudiste, gracias”.

(Jesús Verdugo/El Sol de Sinaloa)