Los migrantes no somos unos delincuentes…”

Culiacán, Sin. ¡No le podemos vender los boletos que pide…! Le dice la empleada de una línea comercial a Juancho, un hombre bajito que carga un bulto en el hombro y va acompañado de una señora y dos pequeños.

Desconcertado, vuelve a insistir mostrando una bolsita con billetes y morralla. La empleada, ya no lo toma en cuenta, lo ignora.

u deseo es salir de Sinaloa. Viene desde el sur del país: es centroamericano. Hace cerca de tres meses abandonó el grupo de migrantes con los que llegó desde su natal Honduras. Pensaba que le iba a ser más fácil trasladarse solo con su familia. Quería trabajar en lo que fuera, pero se estrelló con la discriminación y hasta con el desprecio que se está arraigando en los mexicanos en contra de los inmigrantes.

Otea a todos lados, busca una luz que lo ilumine, mientras su esposa sentada en una de las mesas se ve asustadiza, con miedo.

Interrogamos a la empleada que no le quiso vender el boleto y nos asegura que no se lo vendió porque no tiene documentos que los identifiquen como sinaloenses o que sea de otra parte de México.

“Con su aspecto me di cuenta que no es del país…”, señala al preguntarle si le pidió los documentos que menciona.

Dolores Ortiz Serrano, administradora de la Central de Autobuses, confirmó que se atienden las recomendaciones del Gobierno Federal de que todos los que quieran viajar, al adquirir un boleto, tienen que presentar una identificación oficial como es credencial de elector, que los acredite para evitar el paso de migrantes al norte del país.

Juancho dice que el único documento que trae es su pasaporte de Honduras, sin embargo, su esposa y su hijo, no tienen nada que los identifique.

Ahora estos migrantes como miles que hay en todo el país, no saben qué hacer. Atrapados en su soledad, en su miseria. Su vida es incierta. Salieron de su ciudad natal en busca de un mejor porvenir, huyendo de la delincuencia, de la falta de oportunidades y se encuentran en un país, donde, dicen, nadie los quiere.

No sabemos qué daño hemos hecho, pero nadie nos da una oportunidad.

Detalla que al llegar a Culiacán, vieron cómo otros migrantes como ellos, en cartulinas pedían apoyo para continuar su camino y él se atrevió a escribir la propia, ahora, la trae entre sus cosas toda ajada porque ya no le sirve.

SOY MIGRANTE

“Soy migrante. De Honduras. Me puede ayudar para seguir mi camino, mi familia y yo vamos a Estados Unidos a buscar trabajo, huimos de la violencia”, se lee en una hoja naranja y garabateada con plumón negro.

“Ya no me sirve, la gente desde unos días pa’ acá, nos ven con desprecio…tenemos quince días. Llegamos como pudimos porque hasta los camioneros no nos daban el aventón. Con miedo a que se me cayera mi niño, nos subimos al tren y aquí nos bajamos para ahorrar un dinerito y viajar en un camión de pasajeros y ahora tampoco nos quieren vender el boleto”.

Señala que mejor guardó la cartulina porque no lo apoyaban y el mismo desaire de la gente lo obligó a mentir.

Hasta mentiroso soy. Pido ayuda, a veces, digo que mi mujer está enferma, que somos de Nayarit. Algunos me dicen que me ponga a trabajar, pero nadie me ocupa. Quisimos apoyar en una trucha (tienda), pero nos dijeron que no se podían arriesgar porque somos migrantes.

Dice que extraña una sopa de mondongo, y hasta la comida del chancho (puerco).

En los rostros de estos tres migrantes, se dibujan sus sueños rotos, sus ilusiones hechas añicos.

La soledad los acompaña, no tienen dónde vivir, dónde asearse, dónde dormir, dónde descansar un poco.

HUIMOS DE LA VIOLENCIA

Nunca pensamos que esto fuera tan difícil. No somos delincuentes y así nos tratan, somos como cualquier persona que quiere progresar, que quiere trabajar. En mi país no se pudo y ojalá que a ustedes no les pase esto que tengan que huir de la violencia, dejando todo.

Esta familia, al igual que otros centroamericanos de los que se han hecho amigos, duerme por el rumbo del puente negro, muy temprano corren al río a asearse y apenas empieza a salir el sol salen a buscar el pan de cada día, siempre con el temor de que los agarren y los saquen del estado.

“No podemos ya subirnos al tren, lo tienen muy bien vigilado, porque dicen que los Estados Unidos mandan en este país y que ahora los gringos están vigilando para que nadie llegue a su frontera… Por eso, yo quería comprar boletos y regresarme al sur, a ver si la migra me retacha a mi pueblo, a morir en manos de la MS-13…porque ese es nuestro destino, pero vale más quedar en tu terruño que en un lugar donde te rechazan…

PRESIÓN GRINGA

El paso de los migrantes hacia la frontera con Estados Unidos se ha vuelto más difícil luego de que el gobierno de Donald Trump amenazó al de México con subir los aranceles de productos de exportación mexicanos, si no frenaba el paso de los “indocumentados”.
IRENE MEDRANO VILLANUEVA/OEM-INFORMEX