“Ando bien”, en la desgracia…

CRÓNICAS DE BOMBEROS

CULIACÁN.- Erick es bombero desde hace tres años y sabe que las emergencias llaman cuando no las esperas. Recuerda con una sonrisa que su “estreno” en acción fue un “prensado” (persona atrapada) por la “costerita” y desde esa vez supo que las entrañas le iban a aguantar lo que sea: encontró su vocación en la adrenalina y satisfacción de entrar al infierno y rescatar un alma de entre sus garras. Ha presenciado tantas tragedias y victorias que su semblante es el de un veterano, algunas cicatrices adornan sus manos como trofeos y sus ojos reflejan el doble de su edad.

Las anécdotas se le salen brincando de la boca y entre sonrisas dice que para ser un bombero, uno tiene que estar loco. Desde el exterior se ve en él un sujeto frio, surrealista, un ente inexplicable que se alimenta de adrenalina pero se rige bajo un riguroso código ético que plantea una contradicción en sí mismo.

Eso pasó un domingo en la noche, Erick ya estaba acostado en su cama viendo la televisión. No iba a tener guardia hasta el lunes en la tarde, estaba a gusto. Pero como si esperara algo, no deja de echarle ojo al celular; lo desbloquea a cada rato para ver si le llega algún güatsap o una llamada. Cuando empezó a relajarse; cayó el mensaje. “En diez minutos pasó por ti ahí en la ley abastos, hubo un choque cerca del splash”, rezaba el texto. En automático agarró su mochila amarilla, se puso las botas y salió a paso ligero, la ley abastos está a 200 metros de su casa. Ya estaba el brillante camión rojo esperando junto a la carretera, “muévele cabrón” salió un grito de la cabina.

En el camino terminó de ponerse el equipo, los faros del camión iluminan el retorcido acero de una pickup azul, parece la macabra rutina de un bombero, pero la luz ilumina algo más; destellos se asoman alrededor del accidente, los destellos se hacen gritos y los gritos llanto. En un rápido conteo, Erick logra ver a 10 niños que salieron disparados de la caja de la camioneta. Se agarra la cabeza y no sabe por dónde empezar, da unos pasos en falso a ningún lugar pero el llanto más lejano lo llama, esquivando pedazos de metal y zapatos sin par, llega con una menor de algunos seis años a 30 metros de la camioneta. Se le hace un agujero en el estómago al ver las formas imposibles en que está el cuerpo de la pequeña. Con infinita delicadeza la toma en brazos y los gritos lo ensordecen; la clavícula se asoma de su cuello y está punto de entrar en shock.

El ulular de las sirenas de la ambulancia se asoman por la carretera y Erick va hacia ella con la pequeña en brazos, como si pesara mil kilos, camina viendo los cuerpos retorciéndose de los demás niños a su paso. De la penumbra sale un hombre adulto de poblado bigote, sin ningún rasguño pero con una evidente borrachera, embiste a Erick “¿Cómo te atreves a cargar a mi hija? Déjala cabrón”. Los golpes del ebrio padre de la menor impactan el casco del bombero y con una paciencia no correspondiente a la situación, Erick logró quitarse de encima al hombre, y con la ayuda de los paramédicos logró subir a la ambulancia a la niña, que ya estaba en silencio con la mirada perdida en el baile rojo y azul de la sirena.

De regreso con el padre de la menor, Erick va y le pregunta que si venía manejando borracho, el hombre con verdadera y descarada solemnidad le responde: “nombre, cabrón, me tomé como cuarenta botes nomás, pero ando bien”. Erick siente una necesidad de cachetear al sujeto, no se explica cómo puede decir que “anda bien” si a su alrededor hay una coreografía macabra de dolor y fracturas. Deja que los policías se encarguen del ebrio individuo y con un suspiro ve que la noche va para largo.

Erick regresó a buscar a los menores que seguían tirados entre el monte, cargaba a uno y lo entregaba a los paramédicos, iba por otro y volvía sin parar a descansar, solo mirando de reojo al padre que forcejeaba con los oficiales. Poco más de una hora tardaron en encontrar a todos los niños que a causa del impacto salieron disparados en todas direcciones, entre el implacable calor y el cansancio de levantar despojos de niños retorcidos de dolor, la cabeza de Erick retumba con las palabras del viejo: “ando bien”.


(Jesús Verdugo/El Sol de Sinaloa)