Vagabundos los invisibles de Culiacán

Culiacán, Sin. No son murciélagos que esperan la noche, ni roedores que salen de las alcantarillas, no, son seres humanos que esperan la oscuridad para ir en busca de su alimento. Llega la penumbra y sigilosamente empiezan a otear a través de las rejillas para deslizarse lentamente al tráfago de la ciudad.

Son pasadas las nueve de la noche, Gumersindo Favela, es un paria que siempre ha vivido en las alcantarillas. Originario de la ciudad de México, sin familia, siempre ha deambulado por las ciudades, un día está aquí y otro allá, sin embargo, tal parece que su peregrinar ya terminó porque desde hace dos años pernoctó en Culiacán y no tiene ganas de seguir emigrando.

“Las ratas y los bichos son mis amigos”, dice mientras acomoda unas raídas cobijas porque va en busca de su sustento.

Su hogar lo ha fincado en las alcantarillas de la avenida Aquiles Serdán y Malecón, donde comparte “habitaciones” con otros parias que al igual que él, no tienen a dónde ir y han hecho de este lugar un conjunto habitacional.

“Me hago la ilusión que aquí tengo comedor, cocina y un cuarto para descansar. Nos gusta salir de noche, porque la gente saca su basura, en los bares tiran botes y a veces nos va bien, porque hasta dinero nos encontramos”, señala.

Gumer, como le gusta que le digan, resignando dice que su mundo es el olor a humedad, a podredumbre.

“El olor a muerte es mi perfume, cuando la corriente sube, hay todo tipo de animales muertos”, dice.

En este lugar, a veces se junta una decena de gentes que no tienen hogar, que son la escoria de la sociedad.

“Convivimos hasta con delincuentes y muy seguido se dan pleitos muy fuertes, pero tenemos que seguir sobreviviendo”.

Dice que apenas frisa los treinta años, pero que su vida ha sido siempre estar metido en las coladeras ya que de niño en la capital del país fue abandonado en una casa de gente pudiente, le dieron estudio, llegó a secundaria, pero recibía malos tratos.

“La señora siempre me golpeó, me quemaba con cigarro, estaba chiflada, un día decidí abandonar esos lujos y me junté con un grupo de chavos que le hacían a la droga, robaban a mano armada, yo en algunas ocasiones lo hice, pero me sentía mal, entonces, los dejé y me buscaban, me escondí en las coladeras, sólo salía de noche por miedo a que me encontraran o que la policía me detuviera porque me amenazaron de que iban a dar parte a las autoridades, desde entonces me acostumbre…las coladeras son mi hogar”, recuerda.

Señala que desde entonces, busca coladeras que no sean peligrosas para vivir.

“Ya conozco la forma de cómo vienen las corrientes, de cómo manejarme adentro, aquí vivo muy tranquilo, los compas nos entendemos bien….”.

José es otro vagabundo que ha encontrado en estas coladeras su hogar, un hogar que a decir de él mismo, no lo cambiaría por nada.

Los dos compañeros esperan la noche para aventurarse por la ciudad, “es mejor de noche, así nos confundimos, no para hacer daño, sino para pasar desapercibidos y que la gente no nos maltrate”.

Después de peregrinar toda la noche llegan en la madrugada, acomodan lo que encontraron, botes, galones vacíos, pedazos de cartón, ropa vieja y comida que recogen en la basura.

“En algunos lugares por la noche sacan su basura, comida en buen estado”, explican.

-¿Por qué vivir en estos lugares tan insalubres?

-Nos gusta el olor, la oscuridad, el chillido de las ratas, el silbido de las serpientes y hasta los pleitos que tenemos con los animales por conservar la comida que conseguimos por la noche.

Aseguran que han un código entre ellos, no “fregarse” entre ellos mismos, al contrario, cuidar lo poco que juntan cada noche que salen.

Muchos sobreviven en los canales diseñados para eliminar los desechos de una población que los considera a ellos mismos unos desechos, pero que como todo ser humano tiene sueños y aspiraciones.

Presumen que cuántos ricos que viven en grandes mansiones no tienen el panorama que ellos otean desde estas alcantarillas; las arboledas y el río Tamazula.

Del baño ni siquiera tocan el tema, el pelo entrapajado, la ropa ajada, las uñas negras y la cara chorreada, malolientes es el aspecto de los que viven en estos lugares.

Lo único que les incomoda es que los automovilistas que se estacionan en la entrada de esta enorme coladera les tapan la visión de la calle que cae justo a su hogar.

Como ellos, otros vagabundos comparten el dominio sobre los intestinos de Culiacán por diversos rumbos, cuando comenzaron a matarlos en las calles y debajo de los puentes, se empezaron a replegarse a los túneles que cruzan la ciudad por debajo, túneles que el mismo Chapo Guzmán conoció muy bien.

Quizá al estar leyendo la odisea de esos seres humanos le haga recordar automáticamente una fantasiosa serie de la televisión norteamericana: La Bella y la Bestia, sin embargo en las entrañas de Culiacán, no hay bestias, ni concesiones a la fantasía. Lo que hay es un mundo inhumano, donde lo más importante es permanecer con vida a cualquier precio y por ello, a diario se juegan su supervivencia.

Cae la noche, el túnel luce más tétrico de lo habitual. El agua es apenas un pequeño hilo en donde flotan lentamente los excrementos. La lámpara permite ver tan solo unos metros al frente. Atrás ha quedado el rugir de los carros que pasan por esta rúa, Gumersindo y José salen en busca de alimentos, para seguir sobreviviendo….Mañana será otro día.
IRENE MEDRANO VILLANUEVA/OEM-INFORMEX