Día a día convivo con la muerte: embalsamador

Culiacán, Sinaloa.- Su objetivo es que cualquier rastro de descomposición, horror, dolor o violencia que haya experimentado el cuerpo al morir, sea borrado por Don Ricardo, quien por más de 30 años se ha dedicado a este oficio de embalsamar cuerpos y de embellecerlos para presentarlo ante la familia y que sean velados en alguna funeraria u hogar.

Desinfectarlos, drenar su sangre y sustituirla por un líquido preservante, lavarlos y limpiarlos con jabón; asimismo, taponar todos sus orificios para evitar que se rieguen sus líquidos y vestirlo y maquillarlo, eso es lo que día a día hace nuestro entrevistado, quien omitimos su nombre por sugerencia y respeto de él.

—¿Cómo describe a la muerte?

En lo personal con dolor, considero que un cuerpo siempre va a reaccionar de manera distinta a la muerte, porque para todos es inesperada. Recuerda, nadie esperamos a la muerte, siempre nos sorprende. En mi trabajo tiene cierto aroma, es un olor diferente, tiene además un olor propio, penetrante y muy fétido.

—¿Y por qué eligió este oficio?

Empecé como chofer de carroza, luego conocí a Luis, el embalsamador de una funeraria y me despertó el interés por aprender. Accedí, porque era algo que quería aprender, entonces, empecé lavando cuerpos y luego me enseñó y mira… tengo más de 30 años en este oficio.

—¿Qué estudios o conocimientos se requieren para ser este trabajo?

Mira, de preferencia medicina forense, pero yo me fui por la técnica, vas aprendiendo y más que nada es conocimiento en conocer el cuerpo humano para las preparaciones.

—¿Es bien pagado el oficio?

Es como cualquier trabajo, tengo mi sueldo, lo que te deja son los trabajos extras que siempre tengo, aunque la preparación de un cuerpo lo determina la funeraria y no uno, pero te digo algo, más allá de la paga, mi trabajo lo hago con mucho gusto.

— ¿Recibe cuerpos sin importar de qué murieron?

Claro, con decapitados, mutilados, quemados, balaceados, con cáncer, SIDA, infartos, bebés, niños, jóvenes, adultos, señores, de todo, porque en este trabajo pierdes la capacidad de asombro, quien te toca. Con decirte, que cada vez que digo que mi trabajo es éste, me miran con asombro. Me lo tomo como algo natural, pero mi trabajo me ha enseñado mucho”.

— ¿Cuánto tarda en embalsamar un cuerpo?

Más o menos 80 minutos, porque es un proceso, lo cual arreglamos más o menos 30 cuerpos a la semana.

–¿Cómo resume su trabajo?

Que lo único que de verdad tenemos es tiempo. Ni el capital ni los bienes son importantes al lado del tiempo que nos queda.

–¿Cómo maneja el dolor?

Todavía no he aprendido a manejarla, sabes por qué, porque cuando me toca embalsamar el cuerpo de un niño, a pesar de que hay que tener mucha fuerza de voluntad para hacerlo, a mí siempre me tiembla la mano.

–¿Un momento que le haya marcado de por vida?

Existe uno, que de recordar, me pone triste. Un padre de familia traía en sus brazos a su pequeña hija que murió de muerte natural, él llorando y desconsolado, me la entregó, sentí un dolor que me derrumbaba, pero quiero confesarte que hice mi trabajo como si tuviera frente a mi a la porcelana más fina, ese era mi manera de protestar ante la muerte.

Como conclusión de ese aprendizaje, Don Ricardo ha aprendido también a gozar con lo elemental, con lo que tiene: en disfrutar al máximo a sus hijos, sus nietos en sí, el estar siempre al pendiente de su familia, en disfrutar cada segundo el rato que le quitamos a la muerte.

SOBRE EL OFICIO

Para embalsamar un cuerpo se requiere entre 30 minutos o una hora; todo depende del estado del cádaver. Dicha técnica permite que el cuerpo se conserve durante cierto tiempo. La cantidad de químicos depende de la exposición del difunto; por ejemplo, si tiene que ser trasladado, se aplican más para evitar su descomposición.

DON RICARDO

EMBALSAMADOR

Aprendes a respetar y a tratar cada cadáver como me gustaría que fuera tratado el de algún familiar mío; aprendí a que un cuerpo sin vida merece el mismo respeto del que gozó con vida.
MARTIN TAMAYO/OEM/INFORMEX