Revistas desplazadas por dulces

Culiacán, Sin.- Andrés Rosales llegó a Culiacán a estudiar la carrera de ingeniero agrónomo, procedente de Nayarit, pero como muchos otros que vienen de otras entidades, se casó y se quedó a vivir aquí. Antes de casarse se hizo de un puesto de revistas, en la esquina de las calles Domingo Rubí y Antonio Rosales, el cual sigue manejando, pero curiosamente ya casi no vende revistas, vende más dulces.

Su puesto es una estructura metálica que responde al prototipo del que se necesita para vender revistas. Es ancho de abajo y muy angosto de arriba. Quien se para enfrente de esta estructura puede observar una especie de escalera, cuyos escalones se van haciendo más angostos conforme van subiendo de altura.

Recuerda que en cada escalón acomodaba muchas revistas. Las más grandes abajo y conforme su tamaño se iban acomodando hacia arriba. Había unas de contenido sólo para adultos y esas las colocaba en la parte superior para evitar que llegaran menores y las vieran.

RECOGÍA LAS REVISTAS

Por lo menos tres veces a la semana, Andrés madrugaba para ir a recoger las revistas que llegaban a tres distribuidoras ubicadas en tres distintos domicilios de la ciudad. Llegaba al puesto cargando pesados cartones llenos de revistas que luego acomodaba.

“Las distribuidoras eran: Librolandia, ubicada por el bulevar Leyva Solano, donde está La Kuroda, a un lado; había otra, que era Sonomex, y una más, que era las que distribuían la revista. Ahorita ninguna opera. Sólo haya una que opera por el canal de Recursos y ahí va uno a recoger las revistas”, dice.

Las revistas que más vendía eran las de tipo novela. La más buscada era “Lágrimas y Risas” que contaba las historias seriadas de la escritora Yolanda Vargas Dulché, y las mujeres era quienes más la compraban, y de igual manera buscaban las historias completas de El Libro Semanal, o las historias de “Corín Tellado”, “Jazmin” y otras por el estilo.

Pero también había revistas para hombres: El Kalimán, El Libro Vaquero, El Libro Policiaco y, sobre todo, La Alarma. Esta última era una revista semanal con relatos reales sobre crímenes, historias pasionales, venganzas y hechos de este tipo cuyos títulos eran muy sugestivos del contenido: “Violola, matola y enterrola”.

Para los niños también había productos: Tom y Jerry, La Pequeña Lulú, Archi, El Pato Donald y otros.

COMO EMPEZÓ

Cuando Andrés empezó a vender revistas fue aproximadamente en 1983. Lo invitó a entrarle al giro la familia de su esposa Carmelita. Su cuñado Jesús Madueño tenía como cuatro puestos de revistas, todos en el centro de la ciudad.

Cuando compró su puesto, Andrés se dio cuenta que la venta de revistas sí le dejaba utilidades. Ya no tuvo necesidad de ejercer su carrera de ingeniero agrónomo. Y es que en realidad atender el puesto de revistas le requería estar desde la mañana hasta el oscurecer.

La venta de periódicos también registraba mucho movimiento, aunque sólo por las mañanas. Tenía clientes que llegaba a determinada hora y les tenía que apartar sus ejemplares porque a veces se agotaban.

El sonar de las monedas en la pequeña caja de madera que la hacía de caja registradora era de todo el día.

Con el paso del tiempo Andrés estuvo en condiciones de darles estudios a su hija y sus dos hijos. Todo con las ventas de revista.

EL CAMBIO DE GIRO COMERCIAL

A la vuelta de 35 años. La estructura metálica de las revistas ya parece un exhibidor de un negocio dedicado a la venta de dulces. Cuando se hizo del puesto, solo vendía chicles, paletas y hasta cigarros sueltos, como un servicio complementario a sus clientes.

Ahora la situación es diferente. Lo que más vende son dulces, ahora de toda una amplia variedad. Tan amplia que los dulces ya ocupan la mitad del espacio de la estructura metálica.

Las únicas revistas que vende ahora son: Vanidades, Muy Interesante, TvyNovelas y otras por el estilo. Desaparecieron el Lágrimas y Risas, El Libro Semanal, Corín Tellado, Jazmin, El Kalimán, El Libro Vaquero, El Libro Policiaco, La Alarma, Tom y Jerry, La Pequeña Lulú, El Pato Donald y demás

Andrés comenta que desde hace poco más de cinco años la gente dejó de buscar estas revistas. Él las seguía surtiendo y exhibiéndolas, pero ya no se vendían. Por eso ahora sólo vende algunas, que son las que sí se siguen vendiendo.

Junto a estas tiene otras revistas que él llama “saldos”, que si se venden bien y si no también. Son crucigramas, pasatiempos y otras. Algunas ya están descoloridas de tanto tiempo de estar en el exhibidor.

La venta de periódicos también ha descendido, pero se siguen vendiendo.

SITUACIÓN GENERAL

Esta situación, dice, la viven todos los puestos que antes eran de revistas, y el permiso con que se operan estos puestos sigue siendo por el concepto de “periódicos, revistas, dulces y chocolates”.

Andrés reconoce que los dulces dejan más utilidades que las revistas, pero aclara que se tuvo que cambiar de giro porque ya no se vendían revistas.

La venta de revistas dejó tan de ser negocio que su cuñado Jesús, prefirió vender sus puestos y aprovechó una oportunidad que se le presentó para dedicarse a la agricultura, actividad en la cual se mantiene, aunque todavía conserva un puesto, que es atendido por una de sus hijas.

Detrás de Catedral, por el Paseo del Ángel, se puede observar otra estructura metálica propia de un puesto de revistas, pero que ya no exhibe ninguna revista. En los hechos es simplemente un exhibidor de dulces. Quien atiende este puesto, también tiene una hielera grande. Ha agregado la venta de aguas, refrescos y té.


ERA DIGITAL

La explicación que tiene Andrés para la inanición de las revistas es que simplemente llegó la “era digital”, y con ello se refiere a que ahora la gente prefiere tener un teléfono celular conectado a internet y utilizar su tiempo de ocio para navegar en el ciber espacio, sobre todo en las redes sociales de Facebook, Instagram, Whatsapp y otras.

“Es muy poca la gente que llega a buscar revistas”, dice melancólico, como repasando mentalmente la febril actividad diaria que tenía en los años de su juventud atendiendo el puesto de revistas. Hoy su pelo luce totalmente blanco y ahora su hijo más pequeño, ya todo un joven, es el que pasa más tiempo a veces atendiendo el puesto de dulces, que es cada vez menos de revistas.

Y ciertamente la estampa diaria citadina es ver a las personas paradas o sentadas revisando su teléfono celular. En los camiones urbanos, que por cierto son de varias rutas los que se paran frente al puesto de Andrés, también se ve cómo mientras viajan como pasajeros, siempre llevan la cabeza inclinada, mandando y recibiendo mensajes, o simplemente viendo las publicaciones de sus contactos.

Tiene razón Andrés: es la era digital.

JOSÉ ANGEL ESTRADA/OEM-INFORMEX