Rosalba Rodríguez ejemplo de vocación, tenacidad y de servicio

A los 16 años, con sólo la primaria, Rosalba Rodríguez Carrasco ya estaba frente a tres grupos de alumnos. Como techo tuvo las ramas de un frondoso nanchi y la única pared que había era un largo tablón que se pintó de negro y se improvisó como pizarrón. Por un lado del tablón estaban los alumnos de primer grado, y del otro los de segundo y tercer grado.
Cincuenta años después se jubiló con maestría en pedagogía y un sinnúmero de diplomados, talleres y cursos y con una destacada trayectoria escalafonaria en el servicio público de la educación.

Nació en junio de 1945 en El Salto Chico, Elota. Sus padres: Manuel Rodríguez Tapia y Margarita Carrasco Jiménez, procrearon otros nueve hijos, lo que implicó una vida de carencias pues el jefe de familia era jornalero.
Sin tener ningún maestro en la familia, Rosalba considera que aun así nació con la vocación magisterial, pues desde chica jugaba a darle clases a sus muñecas y también ayudó a dar catecismo.

Su educación primaria transcurrió en diversos planteles. La escuela base era la de su rancho y su papá la inscribía en donde pudiera siempre y cuando la escuela estuviera cerca de donde él se rentaba como jornalero. Se acababa la zafra agrícola del valle San Lorenzo y regresaban a la base.

Recorrió Costa Rica, El Salado y otras comunidades, hasta que en El Salado concluyó su quinto grado con la posible frustración de no hacer el sexto, pues en ese entonces el último grado sólo se impartía en las cabeceras de sindicatura, pero lo concluyó en Quilá.

LOS ESFUERZOS
En realidad en la mayoría de las escuelas sólo se ofrecía educación hasta cuarto grado. Rosalba tuvo una maestra que fue su luz y le mostró el camino. La profesora impartía el quinto grado siempre y cuando los padres hicieran una aportación económica.

Sus padres no podían cubrirla, pero su hija la hacía de auxiliar para ganarse el lugar en quinto grado. Y el sexto lo hizo en Quilá, con apoyo de una familia conocida y el resto del año con uno de sus hermanos.

Al concluir el sexto año vino el desaliento otra vez. Rosalba pensó no continuaría sus estudios y su maestra Ángel de la Guarda, Celia Zúñiga Mendoza, volvió a intervenir y prácticamente la inscribió en el Instituto Federal de Capacitación para el Magisterio, diseñado para regularizar a quienes ejercían el magisterio sin título, pero exigía que sus alumnos trabajaran.

EL CORAZÓN
Junto a otras familias, su padre formaba el ejido El Corazón. Había niños pequeños que necesitaban estudiar y pensaron en Rosalba para que fuera maestra. Y así, prácticamente en un monte, tomaron un árbol de nanchi como salón de clases.

A sus 16 años, Rosalba ya era maestra, primero con un permiso para poder enseñar y luego con una constancia. Luego hizo la secundaria y la carrera de maestra.

La vocación de maestra de Rosaba venía acompañada también de vocación gestora. En el Corazón, donde se casó con Jesús Soto, ambos gestionaron la construcción de la primaria, y ya encaminados hicieron lo mismo con el jardín de niños, secundaria y preparatoria.

De lunes a viernes daba clases en El Corazón y durante los fines de semana y periodos vacacionales ella era la que tomaba clases en el instituto, para lo cual se trasladaba a Culiacán.

De La Popular a su escuela, a veces se iba en camión, a veces caminando por no tener para el camión, y a veces ni caminando porque prefería quedarse en la escuela a esperar se reanudaran las clases sin importar que no comiera.
“De esa manera estudié yo. Muy sufrida pero con mucho orgullo”, dice.
Y en tanto se preparaba, cerca de El Corazón surgieron otros ejidos: Tierra y Libertad II, La Florida y Valle Escondido, y los niños de esos nuevos asentamientos iban a la escuela que había fundado Rosalba, de modo que llegó el momento que un maestro atendía el primer grado, otro segundo y tercero, y ella cuarto y quinto y además era la directora. No había sexto grado.

Para lograr le autorizaran el sexto grado, hizo una campaña de regularización de matrimonios. La mayoría de matrimonios era sólo de unión libre, y los hijos a veces tenían el apellido del papá nada más, o de la mamá, o del abuelo o la abuela.

“Se juntaron 100 parejas porque empezaron a llegar parejas de los alrededores.

Eso fue en el año de Juárez, en 1972, el bicentenario. Fue una campaña de regularización a nivel nacional”, y gracias e ello se les aprobó el sexto grado.

Además de cumplir como docente y directora, y realizar gestoría social, Rosalba también incursionó en la política sindical dentro de la sección 53 del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación. Gracias a que también siempre buscó preparase con diplomados y talleres, logró sumar puntos escalafonarios así pudo ser nombrada auxiliar técnica y luego fue electa delegada sindical. En un congreso electivo se incrustó en el nuevo comité ejecutivo del SNTE 53 con la cartera de Promociones Económicas.

Su hambre de saber le llevó a obtener una Licenciatura en Educación Primaria, y después una maestría en Pedagogía.

Por todo ello siguió escalando posiciones y logró ser supervisora comisionada en su zona y oficialmente se le reconoció como tal en la zona 22 de Navolato.
A los 50 años de haber empezado a dar clases bajo un árbol de nanchi la profesora Rosalba se jubila.

En reconocimiento a su labor magisterial y de gestora social, su nombre está inscrito en un Rincón de Lecturas de la escuela del campo El Diez, también en el Aula de Medios de “La Escuelona” Benito Juárez de Navolato, y en la escuela que ella fundó a partir de dar clases bajo un nanchi, también hay una placa que la recuerda.
JOSÉ ANGEL ESTRADA/OEM-INFORMEX