Casa del Migrante un oasis de puertas abiertas

CULIACÁN, SIN.- ¡Mis hijos comieron huevito con papas…gracias a Dios! Exclama Virginia López con una mirada llena de felicidad, al ver que sus hijos ésta vez sí se alimentaron y “durmieron a pierna suelta”.

Ella originaria de Honduras, fue llevada por los voluntarios de la Casa del Migrante “Jesús María Echeverría y Aguirre”, donde por tres noches podrá dormir tranquila y soñar con un mundo diferente al que vive actualmente, sin un hogar y un mundo incierto.

La Casa del Migrante en Culiacán representa un oasis para los cientos de expatriados, ahí se les recibe con cariño y con un platito de comida caliente, como dice la propia Virginia López, sin embargo, a pesar de que existe este lugar, muchos prefieren la calle porque no les gusta vivir bajo algunas reglas o bien, por temor a que la autoridad los ubique y los deporte.

Beatriz Quintero, quien con amor maternal recibe a los migrantes en la casa, junto con voluntarios sale a las calles en busca de ésta gente para ofrecerles en Culiacán un lugar donde puedan descansar, alimentarse y asearse por tres días.

Señala que pese a que la migración ha aumentado en la capital del estado, a la Casa del Migrante (ubicada en la colonia Gabierl Leyva), solamente un promedio de entre cuatro o cinco personas al día se les acoge, porque la mayoría no acepta esta ayuda.

Los motivos son muchos, dice, principalmente porque prefieren la calle, rentar un hotel, pese a que no traen recursos, pero para ello, solicitan el apoyo en los cruceros más transitados de la ciudad.

Precisa que los migrantes que acudan a descansar y reponerse de la larga travesía no podrán entrar a la casa en estado de ebriedad ni bajo los efectos de alguna droga.

Lamenta que desafortunadamente a muchos de ellos se les ha encontrado todo tipo de drogas, cuchillos y otro tipo de armas, por lo que no se les acepta.

Reconoce que la situación es muy compleja por las condiciones en las que se manejan los migrantes, muchos de ellos ya han agarrado su situación como un modus vivendi, otros, saben que al aceptar pasar unos días en la casa del migrante “Jesús María Echeverría y Aguirre” van a tener que sujetarse a ciertas reglas, como vivir sobrios, aseados y no causar problemas.

Precisa que además de otorgarles los servicios más elementales, también se les dan servicios médicos y sicológicos, todo ello, con médicos voluntarios.

“La asistencia aquí de pronto sube, de pronto baja, es variado. Nosotros vamos en su busca, a los que aceptan les practicamos una revisión, hemos encontrado machetes y droga ni se diga”, indica.

EL TREN CARGUERO, EXPULSOR DE MIGRANTES
El tren de carga, mejor conocido como “El Burro”, es un gran expulsor de migrantes en Culiacán, ya que muchas veces se detiene por varios días en la ciudad, mientras carga o descarga la mercancía que transporta.

La estación del ferrocarril es prácticamente un asentamiento humano, sin las más mínimas condiciones, viven hacinados entre mugre, drogas. Ahí hombres, mujeres e incluso niños en la promiscuidad esperan volver a montarse a los vagones para seguir su incierta travesía hacia el norte.

PREFIEREN LA CALLE
Martín Trinidad, quien con cierto recelo contesta algunas preguntas, destaca que vienen en “El Burro”, pero que aquí hizo una escala “no sabemos por cuánto tiempo y pos’ a esperar, dicen que por lo menos tres días tenemos que estar aquí hasta que termine de cargar”.

Con un viejo cartón parchado con cinta, donde se puede leer: “mejicano ayúdeme para comer, soy hondureño y voy de paso”, Martín señala que prefiere vivir en la calle en lugar de ir a una casa. “no me gusta la bola y que me digan quÉ hacer”, dice, mientras dobla su cartón y se lo acomoda bajo el brazo.

Desesperado, en el semáforo donde está pidiendo la caridad de los transeúntes, acepta que consume droga y que para ello, necesita el dinero.

“De vez en cuando la uso, la que caiga, porque cuando la consumo, se me aligera la carga pienso lo que yo quiero, veo a mis hijos que dejé en Honduras bien bonitos, sin hambre y yo con ellos formando una familia bien chida….”, indica.

Señala que desde que salió de Honduras viene acompañado de su “catracho” amigo, y que juntos buscan el apoyo de la gente, ya que no aguantaron estar en el ferrocarril y están rentando un cuarto en un hotel que está por el mercadito para por lo menos descansar y darse un baño “así evitamos que apesten las aletas”.

“Tenemos que apurarnos a que suelten el pisto –dinero, plata-, si no hay tampoco “birria”, cerveza, indica.

Los migrantes prefieren vivir en medio del calor y la mugre, en lugar de ocupar unas camas limpias, comida caliente y sobre todo, con aceptación y cariño.

UN SITIO LIMPIO Y EN ORDEN
La casa del Migrante cuenta con tres dormitorios con sus literas, uno corresponde para los hombres, el otro para mujeres y uno más para mujeres acompañadas de niños, además de la cocina, comedor y baños, sin embargo, si llegan a ocuparse los tres dormitorios cuentan con colchonetas para que los migrantes puedan dormir bajo la enorme techumbre que cuenta este hogar.

“Tenemos la capacidad para recibir a los migrantes que así lo desean, sin embargo, es difícil convencerlos, tienen sus propias ideas. Tienen cierto miedo de llegar acá cuando se lo proponemos. En la casa pueden estar máximas tres noches. Obviamente, no drogas, no cigarros y que colaboren con la limpieza es todo lo que se pide”, explica Beatriz.

Destaca que últimamente el 50 por ciento de los moradores de esta casa son mexicanos, 25 por ciento hondureños y el otro 25 por ciento salvadoreños guatemaltecos, cubanos, estadounidenses, canadienses y hasta un alemán.

Dice que hay que tratarlos con mucho cariño y hasta con paciencia y con una mirada comprensiva exclama “cuando les damos la dotación de ropa, uno de ellos me pidió que los pantalones fueran entubados…”.
IRENE MEDRANO VILLANUEVA/OEM-INFORMEX